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Una causa muy frecuente de llanto es el desasosiego del niño si no consigue satisfacer su reflejo innato de succión. Entramos así en la controversia del chupo: chupete sí, chupete no. Zanjémosla. Los primeros días no, pues en este momento puede interferir con un establecimiento adecuado de la lactancia materna, pero conseguida ésta, como el niño en cualquier caso va a intentar satisfacer su ansia de succionar, de no disponer de chupete va a terminar por introducir algún dedo en su boca, habitualmente el pulgar. A la larga, es más fácil lograr que el niño deje de usar el chupo que erradicar el hábito de succión del pulgar, por lo que será preferible que se acostumbre de
entrada al chupete. Eso sí, sabiendo desde el principio que no conviene prolongar su empleo mas allá de los 18 meses, que
sobre todo en los primeros meses debe practicarse una higiene
rigurosa del mismo y que nunca se recurrirá a mojar el chupo
en azúcar, miel o leche condensada. Esta última práctica es particularmente nociva pues aparte de favorecer la apetencia del
niño por el sabor dulce con el consiguiente riesgo de obesidad,  produce auténticos destrozos en la dentadura, cuando comiencen a hacer erupción los primeros dientes.

No existe el chupete ideal y cada niño tiene sus preferencias. Lo importante es que sean irrompibles, de una única pieza y que su sujeción sea de tal modo que no haya posibilidad de que ocurra ningún accidente como ingestión de alguna pequeña pieza o cadenas que aprisionen el cuello, etc. Asegúrese, por tanto, que los chupos que usa su bebé cumplen las normativas de seguridad.

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