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Prácticamente desde los primeros minutos de vida el niño se encuentra perfectamente preparado para la succión y posterior digestión de la leche. La secreción de saliva, escasa en las primeras semanas de vida, aumentará de forma notable a partir de los 2-3 meses de edad.

En ese período el saliveo es prácticamente constante y aunque no siempre cierto, la tradición popular lo asocia con la erupción de los primeros dientes. El estómago es pequeño al nacer, por lo que los primeros días, coincidiendo con la secreción de calostro, las tomas serán más pequeñas y frecuentes. Su capacidad aumenta de forma paulatina, por lo que también podrá hacerlo el volumen de las tomas que se administren al lactante cuando se ha elegido la alimentación artificial. Con la lactancia materna la regulación se produce de forma natural. La evacuación gástrica de la leche ocurre entre 2-4 horas después de la ingestión.

En las primeras semanas de vida es muy frecuente la regurgitación parcial de la leche lo que puede considerarse normal salvo que por ser excesiva afecte a la curva de peso, se acompañe de llanto como expresión de dolor, accesos de tos, o sangre en el material regurgitado. Estos síntomas suelen ser provocados por esofagitis y casi siempre susceptibles de tratamiento. Los cambios postúlales efectuados al niño de forma brusca pueden acentuar la regurgitación con lo que probablemente se vea tentada a ofrecer un nuevo biberón demasiado pronto, lo que sólo conseguirá acentuar el vómito.

En esta situación es descable respetar el horario de la toma siguiente o en todo caso adelantarla un poco si el niño muestra con su inquietud que tiene hambre. Apenas ha nacido el niño el aire progresa a lo largo del intestino con el primer llanto. Cuando la succión es vigorosa o el llanto favorece la deglución de aire se produce la aerofagia fisiológica. El acumulo excesivo de gas puede ocasionar que su hijo se encuentre incómodo o desencadenar crisis de llanto hasta que de forma más o menos ruidosa expulsa el aire. Con mucha frecuencia aparece el hipo que no tiene en el recién nacido ningún significado de enfermedad ni precisa tratamiento.

El hígado neonatal es inmaduro para la síntesis de algunos enzimas y eso facilita entre otras cosas la aparición de ictericia de la que hablamos con mayor amplitud en otro apartado del libro. Las células hepáticas también tienen dificultades para formar alguno de los factores que intervienen en la coagulación de la sangre. Este hecho motiva la administración de vitamina K a todos los niños en las primeras horas de vida. El intestino del bebé es proporcionalmentc más largo que el del adulto y aunque su mucosa es delicada, ayuda perfectamente a completar la digestión de la leche y a propulsarla en su  interior. Los primeros días de vida las deposiciones están constituidas por meconio con un color verde de tonalidad variable pudiendo llegar a ser verdinegras.

Generalmente en la primera semana de vida las heces adquieren las características típicas de los lactantes y que pasamos a describir puesto que gran número de las visitas efectuadas al pediatra en este período vienen determinadas por el desconocimiento de los padres acerca del número, color, y consistencia que las deposiciones deben tener para ser consideradas como normales. El ritmo es muy variable y en general se correlaciona bien con el tipo de lactancia. Casi siempre más numerosas (hasta una deposición por toma) en la lactancia al pecho.

Otros neonatos defecan una vez cada 2-3 días ocurriendo esto más frecuentemente en los alimentados con leche artificial. El color es muy cambiante y comprende dentro de la normalidad casi todas las tonalidades y mezclas del verde, amarillo y marrón. Debería consultar con su pediatra si pasados los 2-3 días de vida observa heces negras o rojas por su probable contenido hemático y si son prácticamente blancas  porque en ocasiones la disminución notable de pigmento fecal traduce anomalías del hígado y vías biliares. Las heces del niño alimentado exclusivamente con leche no suelen tener mal olor ya que los procesos de putrefacción no ocurren hasta introducir en la dicta vegetales y proteínas de origen animal. La consistencia puede ser muy variable y cambiar rápidamente, desde prácticamente líquidas, hasta las de consistencia dura (heces caprinas). En el supuesto de las primeras se considerarán normales cuando no afecten a la curva de peso.

En el segundo caso, cuando por ser tan gruesas distiendan el ano dificultando su expulsión, es menester consultar con el pediatra para que al instaurar el tratamiento adecuado se eviten el dolor y las fisuras anales. Hasta el momento de la consulta puede ayudar al niño flexionando sus muslos proporcionando al mismo tiempo un suave masaje en el abdomen.

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